sábado, 19 de noviembre de 2016

El producto perfecto

Cuando comenzamos nuestro primer emprendimiento, es casi inevitable llegar a convencernos de que nuestro producto (aplica igual para un servicio) es simple y llanamente perfecto y que por fin el mundo entero podrá disfrutar de sus inigualables bondades (“¿Por qué me tardé tanto en poner en práctica mi idea?”). ¡Qué desperdicio de tiempo! ¿Verdad?

Tal es su perfección (del producto, claro está), que también estamos seguros de que la demanda en el mercado será enorme (“espero que tengamos en el almacén existencia suficiente”) y nuestra empresa comenzará un camino exitoso equiparable al de cualquiera de las marcas más reconocidas.

Ahora solo falta dar el siguiente paso, un “simple trámite”: vender. ¿Esto representa algún problema? Para nada. ¿Quién se negaría a comprar el producto perfecto? Solamente los despistados  y los ignorantes de la existencia de nuestra maravilla no lo harían. ¿El precio? Tampoco será un inconveniente, la gente paga lo que sea necesario cuando se trata de calidad.

Aquí termina la primera parte del cuento de hadas sobre ese primer emprendimiento, y comienza el recorrido por el bosque tenebroso en donde habitan seres maliciosos que esperan agazapados el momento de crearnos problemas. Aunque hay personas carentes de un sentido de la fantasía que prefieren afirmar que más bien chocamos de frente con la cruda realidad. ¿Por qué?

Porque a pesar de los excelentes comentarios recibidos de amigos, parientes, early adopters, miles de likes y personas bienintencionadas (“tu producto es fantástico”, “oye ¡por fin te animaste!”, “deberías venderlo más caro”) las ventas no repuntan sino al contrario, parecen estarse extinguiendo.   

Entonces ¿cuál fue la falla? Digamos que influyeron en el resultado varios factores pero mencionemos solo dos. La prisa, la urgencia por vender que nos impide detenernos un poco a reflexionar sobre lo que estamos haciendo (fabricando, ofreciendo, promoviendo) para validar si efectivamente el mercado lo aceptará. Y el exceso de optimismo de nuestra parte al ver las cifras de comentarios positivos, likes y visitas a  nuestro sitio, nuestras redes o nuestra tienda física.

Recordemos que durante la burbuja de las empresas punto com ocurrida hace quince años, los capitalistas de riesgo aprendieron de la manera más difícil que un sitio Web puede recibir literalmente millones de visitas y no vender gran cosa. En resumidas cuentas el error que cometemos al emprender tiene que ver con adelantar conclusiones.

Algunos autores de sobra conocidos como Eric Ries, Alexander Osterwalder y Steve Blank nos han insistido en que antes de lanzar un producto al mercado, y por lo tanto, antes de pasarlo a la cadena de producción, lo estructuremos como un Producto Mínimo Viable (PVM) para que podamos sensibilizarnos de lo que los clientes potenciales opinan de él, es decir, proponen que aprendamos del producto.


Debes asumir amigo emprendedor, que un producto por sí mismo no tienen ningún valor. El valor lo adquiere cuando va acompañado de un buen servicio, entendiendo éste como el equipo humano involucrado en la fabricación y entrega del producto, la atención que se brinda después de la compra (garantía, fidelización, soporte técnico) y el contacto permanente con el cliente para informarle sobre actualizaciones o nuevas propuestas. Así que te propongo agregar valor comentando este post.

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